Todos los días nos encontramos ante un escenario diverso, tratando a todo tipo de personas que por naturaleza son distintas a nosotros. En mucho, la manera de comunicarnos unos con otros es factor determinante en el poder lograr los objetivos de una entrevista, de una plática, de un intercambio de ideas y hasta para concretar una negociación.
Uno de los grandes errores de nuestra manera de proceder es tratar de que la gente siempre acepte nuestra opinión sin objeciones. Y entonces surge la pregunta: ¿Qué tan infalibles somos como para que todos acepten nuestra opinión sin reservas?
Todos tenemos el derecho de externar nuestras opiniones, en la misma intensidad de que tenemos la obligación de escuchar las opiniones de los demás, y la sana convivencia debería permitir que las decisiones que se tomen sean satisfactorias para ambos, reconociendo que en ocasiones ambas partes tengan que ceder parte de sus condiciones o de su conveniencia.
Todo lo que salga de este esquema es imposición.





